Capítulo XII
DEMOS LA PALABRA A LA CIENCIA
Es claro que en 1826 no se tenían los conocimientos suficientes sobre el cerebro y la mente humana para poder diagnosticar correctamente al Padre Coindre y mucho menos para tratarlo. Tal vez hoy en día, con la intervención médica adecuada, podría haber continuado su vida con bastante normalidad y tener muchos años más de fructífero servicio del Evangelio, especialmente en el acompañamiento de sus jóvenes congregaciones. Por supuesto, todo lo que podamos decir en este sentido es contrafáctico y, por tanto, una mera especulación. No obstante, haremos el esfuerzo de desentrañar, con la información disponible y el actual estado de la ciencia, cuáles podrían haber sido las causas de la repentina condición mental que lo llevó a una prematura muerte.
Antes de entrar de lleno en la cuestión, quiero señalar un punto que, por obvio, creo que nunca se ha considerado: ¿podría haber experimentado Andrés Coindre un auténtico fenómeno místico en sus últimos veinte días de vida? Ciertamente hay experiencias en las que la persona recibe mensajes de Jesús o de María e incluso puede verlos de manera corpórea, basta mencionar el ejemplo de Santa Margarita María Alacoque, que da origen a la devoción moderna del Sagrado Corazón y es tan significativa para nosotros.
Pero, ¿por qué siempre se descartó esta posibilidad en el caso de nuestro fundador? En su clásica obra Las Tres Edades de la Vida Interior, de 1938, el dominico Réginald Garrigou-Lagrange dedica un capítulo a las “diferencias entre estos extraordinarios hechos divinos y los fenómenos mórbidos”. Allí establece tres clases de criterios para distinguir unos de otros: por parte del sujeto, de los fenómenos y de los efectos. Quiero simplemente señalar que, de acuerdo a este autor, la verdadera experiencia mística unifica al sujeto, lo centra en Dios, le da paz y le hace capaz de acometer grandes obras de manera muy práctica y organizada, pero con una fuerza y constancia que va más allá de lo que sería normal esperar; en cambio, cuando hay un desequilibrio mental la personalidad se fracciona, aparecen ideas fijas que absorben a la persona (incluido el suicidio) y resquebrajan su voluntad, se siente un profundo desasosiego y se es incapaz de concretar nada. A la luz de lo visto, debemos incluir a Andrés Coindre en el grupo de quienes padecieron o padecen “fenómenos mórbidos”.
Llega entonces el momento de intentar una aproximación a un posible diagnóstico científico, necesariamente precario, tanto por la falta de información y de contacto directo con el paciente, como por las propias limitaciones que aún hoy tienen las ciencias de la salud mental. Para las siguientes líneas he acudido al auxilio de cuatro personas sin cuyo aporte este capítulo no podría haberse escrito, ellas son: Hermano Leonel Cárdenas, estudiante de psicología en la Universidad Católica Argentina; Lic. Juan Ignacio Murtagh, psicólogo; Dr. Fernando M. Libenson, médico neurocirujano; y Dr. Mario Desiderio Giannoni, médico neurólogo y psiquiatra. Agradezco profundamente a los cuatro el tiempo dedicado generosamente a la lectura de los borradores de este capítulo y a sus devoluciones y aportes, así como al trato cordial y la gran apertura que han manifestado en todo momento.
Quiero partir de las palabras del Dr. Libenson y del Dr. Giannoni, pues creo que arrojan más luz que cualquier otra reflexión que pudiera escribir:
Considero que la especialidad médica más pertinente para consultar sobre las circunstancias de la muerte del Padre Coindre es más bien la psiquiatría. No obstante, me permitiré hacer algunas consideraciones al respecto.
En cuanto a la “incomodidad” (¿o vergüenza?) de sus contemporáneos y sus herederos espirituales al tocar el tema de la muerte de Andrés Coindre, asumimos que surge de la sospecha de que se trató de un suicidio, un acto voluntario contra la propia vida y, por lo tanto, para la fe católica, un pecado grave.
Adicionalmente, imagino que el hecho de verse precedido esto por indicios de un “ataque de locura”, podría haber inducido a alguien a sospechar una eventual posesión demoníaca, idea no infrecuente si consideramos la época en cuestión. Idea aún más aterradora por tratarse de una persona previamente apreciada como destinada a la santidad.
De todas maneras, la secuencia de los hechos descritos lleva más bien a concluir que se trató de una acción involuntaria, producto de quizás alguna enfermedad mental (un brote psicótico o alguna enfermedad orgánica presuntamente causante de enajenación).
Tal vez no debería descartarse un mero accidente, en un acto de sonambulismo o delirio, si bien los testigos se inclinan por una acción premeditada. Aunque el relato de tales testigos (los cuatro cuidadores) no sea plenamente confiable por encontrarse durmiendo y por haber dispuesto de unos pocos segundos para reaccionar.
De todas maneras, la psiquiatría actualmente considera que todo acto suicida se da en el marco de un estado de “alienación transitoria”, es decir una suspensión temporal del “yo”, o sea de la percepción de la realidad y del control volitivo/consciente de las propias acciones. Según este concepto, ya no se trataría de una acción voluntaria. Entonces, ¿puede ser pecado una acción cometida de manera involuntaria o inconsciente, o sea, sin disponer del libre albedrío?
Según lo relatado, son bastante evidentes los síntomas mentales premonitorios, como apatía (“retraimiento”), inestabilidad emocional, delirio y ¿desinhibición? (“escenas horrorosas”). Si bien se vio alguna mejoría en los dos días previos al desenlace, no puede descartarse una causa orgánica, ni tampoco un brote psicótico puro, que puede experimentar oscilaciones en la evolución. Los testimonios de “acción premeditada” en los momentos previos a la caída no permiten a mi entender descartar que esto hubiese ocurrido en el contexto de delirio o desorientación.
Existen numerosas condiciones orgánicas médicas que pueden producir estados de enajenación mental, progresiva, permanente, transitoria u oscilante (como parece ser el caso). Mencionaremos a modo de ejemplo ciertos tumores cerebrales del área frontal, hematomas crónicos, infecciones cerebrales como abscesos, meningitis o sífilis, algunas formas de epilepsia, trastornos metabólicos o repercusiones neurológicas de algunas enfermedades generales. La tifoidea se mencionó como posibilidad asociándola a la fiebre que había presentado, pero uno imagina a una persona con esa enfermedad como más bien postrada sin mucha capacidad física para movilizarse y arrojarse al vacío. No parece probable la gota como factor causal sino simplemente como una enfermedad asociada.
De todas formas, en numerosos casos se trata de enfermedades mentales agudas sin causa orgánica demostrable (psicosis). No me impresiona que se trate en el caso del Padre Coindre de un suicidio debido a una depresión reactiva (con causa identificable) o endógena (sin causa identificable), ya que no se describe en los relatos un estado de tristeza previa, abundando en cambio otros síntomas mentales. No me extenderé aquí ya que no es la psiquiatría mi especialidad.
De todas maneras y, en definitiva, al no existir ni haber existido entonces los medios de que disponemos ahora, ni haberse tampoco realizado autopsia, estimo que no puede concluirse cuál fue la condición que motivó la tragedia, pudiendo sólo limitarnos a establecer conjeturas.
Creo que únicamente podemos afirmar que la trágica muerte del Padre Coindre se produjo en el contexto de una grave alteración mental sin consciencia plena ni percepción de realidad y sin control de la propia voluntad.
Fernando M. Libenson
Médico neurocirujano
MP 29291
Podemos describir la situación del Padre Andrés Coindre en las tres semanas anteriores a su muerte como un “estado confusional agudo”, hablamos de estado y no de episodio por su duración. Estos estados se caracterizan generalmente por desorientación temporo-espacial, lenguaje incoherente o confuso, excitación motriz, alucinaciones (principalmente visuales) y el hecho de no poder construir un delirio franco, es decir, que el paciente tiene en su interior una “tormenta deliroide” de ideas que no llegan a concretarse en un delirio definido. Este tipo de cuadros se puede dar por causas orgánicas o psicopatológicas.
Las posibles causas orgánicas son muy numerosas y es imposible determinar una doscientos años después de su muerte. Seguramente no nos encontramos ante una enfermedad neurodegenerativa pues suelen desarrollarse con mucho tiempo, como sucedería en un caso de demencia senil, pero no antes de los cuarenta años y sin haber dado síntomas previos. Pero sí podría tratarse de un tumor cerebral de rápido crecimiento, un accidente cerebro vascular o incluso una alteración metabólica que produjera una descompensación orgánica.
Dentro de esta última posibilidad, tenemos el dato sugerente de que Coindre padecía de gota. Aunque algunos estudios señalan la incidencia de la gota en los procesos neurodegenerativos, otros lo niegan y hoy en día no es un diagnóstico de la neurología ni de la psiquiatría. Sin embargo, si el Padre Coindre padecía gota es probable que fuera hipertenso y que hubiera desarrollado con el tiempo una insuficiencia renal, que podría eventualmente haber desencadenado una intoxicación del propio organismo llevándolo al estado confusional descrito. Sin embargo, las neuropatologías de origen orgánico rara vez llevan a atentar contra la propia vida.
Por otra parte, podemos pensar que ese estado confusional agudo tuviera causas principalmente psicopatológicas. Y aquí debemos remitirnos a los rasgos que conocemos de su personalidad.
Vemos en él una vida de mucho compromiso, mucho deber y muchas actividades, lo que nos podría hacer pensar en una persona con un temperamento “hipomaníaco”. La “hipomanía” se caracteriza por una aceleración del pensamiento y una actividad excesiva que no genera cansancio, sin perder contacto con la realidad (como sí sucede en la “manía”). Mucha gente muy creativa y productiva tienen esta característica y son muy valorados socialmente. Estos cuadros pueden permanecer así toda la vida, pero también pueden descompensarse hacia una manía franca o a una depresión profunda con o sin cuadro psicótico. El cambio en las condiciones de vida de Andrés Coindre podría haber determinado el pasaje de un estado de hipomanía a un estado de depresión profunda con un episodio psicótico. Estaríamos ante un caso de bipolaridad o trastorno maníaco-depresivo.
En esta hipótesis es interesante considerar de manera lateral el caso de su hermano, Francisco Vicente Coindre. En los diferentes testimonios de su vida vemos conductas más claramente maníaco-depresivas: grandes proyectos que implicaban compromisos económicos imposibles de asumir, pero que a él se le hacían fáciles en el momento, alternados con etapas de aislamiento en las que no quería ver a nadie y era necesario sacarlo a pasear tomado del brazo. Si bien los trastornos familiares no son frecuentes, existen y tienen una base genética, aunque no hereditaria. Es posible que nos hallemos ante uno de ellos.
Pero sobre lo que me parece más importante hacer hincapié es sobre la pregunta de si su muerte puede considerarse un suicidio. Cuando una persona se encuentra en un estado como el de Andrés Coindre en sus momentos finales, el discernimiento está suspendido, así como el criterio de realidad; la persona actúa por impulsos, pero el libre albedrío no está presente. Incluso actualmente se considera que ningún suicidio concretado es voluntario, sino que se explican médicamente por un cuadro sicótico breve, brusco e inmanejable para el sujeto. Podemos concluir entonces que, independientemente de cuál haya sido la causa que lo llevó a esa situación, orgánica o psicopatológica, el acto de arrojarse “fue actuado” por la enfermedad, por una impulsión psicótica irrefrenable y no por una decisión libre de su voluntad.
Dr. Mario Desiderio Giannoni
Médico neurólogo y psiquiatra
MP 29937
En resumen, durante las últimas semanas de su vida, Andrés Coindre experimentó un estado confusional muy profundo que pudo haber tenido causas orgánicas (las cuáles es imposible determinar, dado que no se realizó autopsia) o puramente de tipo psicopatológico. En realidad, cualquiera fuera el origen, no cambia sustancialmente lo que nuestro fundador debió padecer ni la valoración que debemos hacer de su persona y obra.
Pero para intentar avanzar aún un poco más y ante la imposibilidad de realizar ninguna conjetura sobre un origen orgánico (más allá de las que ya enumeran los Doctores Libenson y Giannoni), podemos hacer un ejercicio de interpretación, como si el origen hubiera sido puramente psicológico o psiquiátrico. En esa hipótesis, según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5), la situación de Andrés Coindre en sus últimas semanas podría identificarse como un “Trastorno psicótico breve” o un “Trastorno psicótico agudo y transitorio”, según la Clasificación internacional de enfermedades (CIE-11). Para la escuela francesa nos encontraríamos una “Psicosis delirante aguda” (Ey, Henri. Tratado de Psiquiatría, 8va. Ed.). Son diferentes nombres, pero todos describen la misma realidad.
Un trastorno psicótico breve es una ruptura con la realidad de forma temporal que se caracteriza, según el Manual DSM-5, por “delirios, alucinaciones, discurso desorganizado y un comportamiento muy desorganizado o catatónico”.
En el caso de nuestro fundador, no tenemos testimonios claros de alucinaciones de ningún tipo. Dado el grado de detalle de la carta del Padre Lyonnet, pensamos que las hubiera descrito de haberlas identificado. En algunas versiones piadosas aparecidas bastantes años después, se dice que Coindre oía voces de penitentes que le llamaban para ir a confesar, pero esas alucinaciones auditivas no surgen en los primeros testimonios, por lo que debemos descartarlas. Tampoco vemos síntomas de estado catatónico: una rigidez o parálisis de origen mental.
Lo que si se ve con claridad es que sufrió delirios, es decir, creencias o ideas falsas, incorregibles y sin coherencia. Esto encaja perfectamente con los testimonios de sus últimos días, ya que creía tener conocimientos ocultos sobre los planes divinos que sólo él conocía y que implicaban una inmolación, un sacrificio humano. Es importante tener claro que estos pensamientos delirantes son recurrentes, lo que significa que el paciente no se puede deshacer de ellos, al tiempo que les otorga una verdad incuestionable. Por decirlo de algún modo, los delirios persiguen al sujeto y no le dejan tener paz.
También vemos el síntoma del discurso desorganizado, posiblemente, en la alocución que se le pidió para la víspera de Pentecostés, así como en las páginas garabateadas sin coherencia del día siguiente al salir de la catedral. Además, es claro el comportamiento muy desorganizado descrito como “raras actitudes” o “escenas verdaderamente horrorosas”.
Según el mismo manual los trastornos psicóticos breves pueden durar entre un día y un mes y posteriormente se retorna a la funcionalidad normal previa al episodio. No podemos saber si la situación de nuestro fundador era momentánea o iba a permanecer de forma crónica, pero teniendo en cuenta que no había un historial previo, me inclino a pensar en un estado transitorio. ¿Qué hubiera pasado si el 30 de mayo no hubiera fallecido?, ¿habría vuelto a la cordura en unos pocos días más? Nunca lo sabremos.
Muchas veces el factor desencadenante de este tipo de episodios es el estrés y el DSM-5 propone dos categorías: con o sin “factores de estrés notables”. Es decir si los síntomas “se producen en respuesta a sucesos que, por separado o juntos, causarían mucho estrés prácticamente a todo el mundo en circunstancias similares en el medio cultural del individuo”. Estos sucesos podrían ser la muerte de un ser querido, un episodio de violencia, una catástrofe natural, etc.
En el caso de Andrés Coindre, ninguno de sus contemporáneos es capaz de identificar un factor externo que pudiera causarle un gran estrés. Incluso cuando Lyonnet le pregunta de manera directa responde que no, que nada le preocupa especialmente. Lo que sí podemos intuir es un período prolongado de estrés: Andrés fue siempre un hombre muy atareado, las palabras con las que se lo describía normalmente eran abnegado, entregado, infatigable… Manejar muchos temas al mismo tiempo no era algo nuevo para él, pero es posible que las nuevas circunstancias en que se encontraba hayan sido un elemento desequilibrante. Él mismo señala en sus cartas que tiene que repasar materias no vistas en años para poder enseñarlas y evaluarlas, tiene que adaptarse a un lugar nuevo, cambiar sus rutinas diarias, estar lejos de sus seres queridos y colaboradores habituales... Nosotros, en su lugar, ¿hubiéramos experimentado altos niveles de estrés?
Otro aspecto que define el DSM-5 es que la gravedad de estos trastornos se clasifica “mediante la evaluación cuantitativa de los síntomas primarios de psicosis” experimentados en los últimos siete días, según una escala de 5 puntos: “de 0 (ausente) a 4 (presente y grave)”. En nuestro caso, debemos observar lo sucedido desde el 23 de mayo en adelante… y creo que el estado de Andrés se calificaría como grave.
A todo lo dicho, el CIE-11 añade que el trastorno psicótico agudo y transitorio, como se lo llama en esta clasificación, “se caracteriza por la aparición aguda de síntomas psicóticos que emergen sin un pródromo”, es decir sin una señal o anuncio previo, como parece ser el caso de nuestro fundador. También afirma que los síntomas “alcanzan su máxima gravedad en dos semanas”, ¿podría explicar esto la mejora de Andrés del día 28 de mayo?
El CIE-11 suma algunos síntomas a los ya descritos; entre otros, “trastornos del afecto y el estado de ánimo”. Recordemos que Lyonet describe cómo terminó una celebración eucarística entre lágrimas y cómo le dio un abrazo “conmovedor”. El mismo manual añade que “los síntomas generalmente cambian rápidamente, tanto en cuanto a su naturaleza como su intensidad, de un día a otro, o incluso en un solo día”. Esta es otra pista valiosa, porque efectivamente vemos a Coindre cambiar de estado en pocas horas: alterna la enajenación con momentos de lucidez, como cuando se lo envía de regreso desde Tours o cuando pide la confesión.
Por otra parte, el Dr. Henri Ey en su Tratado de Psiquiatría añade que los temas místicos son frecuentes en estos delirios y “son a veces muy dramáticos”. “Estos estados pueden ser vividos tanto en un clima de angustia como con una tonalidad de ebria exaltación, una especie de embriaguez fantasmagórica semejante a los efectos de los tóxicos alucinógenos”. Realmente Coindre experimentaba de manera dramática aquello que creía: que estaba llegando el reino del Espíritu Santo, que era necesaria una inmolación humana, que la inteligencia divina había descendido en el agua del río Loira… En los veinte días de su trastorno lo vemos en momentos de “ebria exaltación” y otros que se asemejan más a la angustia.
En resumen, si descartamos la opción de un accidente (por improbable) y la de un origen orgánico (por la imposibilidad de avanzar en ese sentido) y nos centramos en la posibilidad de un origen psicopatológico, vemos que los síntomas que experimentó Andrés Coindre en sus últimas semanas de vida son bastante consistentes con un trastorno psicótico breve.
Pero debemos recordar una vez más que todo lo antedicho en este capítulo no puede ser tomado como definitivo. Hoy en día es imposible saber exactamente qué mal afectó a Andrés Coindre. Aunque creo que hemos presentado un avance importante, todas las puertas deben quedar abiertas ante avances médicos y/o futuros hallazgos sobre su muerte que permitan elaborar nuevas conjeturas.
Lo que queda claro es que, sea cual fuere su origen, la condición que padeció el Padre Coindre en sus días finales no tenía nada de voluntaria ni la había provocado él de ningún modo, no podía curarse por sí mismo ni recibió la ayuda que hubiera necesitado. No tenía más control sobre su estado de salud que una persona que sufre diabetes, padece cáncer o experimenta un paro cardíaco. Es fundamental comprender que la salud mental no tiene que ver con la rectitud moral. Es más, de acuerdo a todo lo que sabemos, Andrés quiso ser fiel a Dios y actuar según su voluntad hasta el final de su vida.
Es probable que Andrés Coindre, consciente al menos de manera parcial de su estado, haya encontrado consuelo en sus últimos días en estas palaras de San Pablo: “Ahora vemos como en un espejo, confusamente; pero después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; pero después conoceré como Dios me conoce a mí” (1 Co 13, 12).